Pedro Arrupe: Un legado de entrega y esperanza

«Ser para los demás»:  Este fue su mensaje central: una vida entregada al servicio, construyendo esperanza, actuando con solidaridad y respeto, y transformando realidades para que todas las personas puedan vivir con dignidad y felicidad. En el SJM-Almería, honramos su legado con nuestra Casa Arrupe, un espacio de hospitalidad inspirado en su espíritu de acogida y amor incondicional.

El 5 de febrero celebramos el aniversario del fallecimiento del P. Pedro Arrupe, en 1991. Arrupe fue Superior General de la Compañía de Jesús entre 1965 y 1983, es decir, en los tiempos de la puesta en marcha de las reformas del Concilio Vaticano II.

Su liderazgo impulsó una profunda renovación espiritual; fomentó la opción por los pobres, el compromiso por la justicia y el diálogo con la realidad; anticipó, concretamente, el drama de las personas forzosamente desplazadas y estimuló la respuesta del Servicio Jesuita a Refugiados, el actual JRS y SJM.

Fue un místico de ojos abiertos, un hombre para los demás. Por eso sigue inspirándonos y, por eso, en el SJM-Almería hemos puesto bajo su amparo nuestra comunidad de hospitalidad, Casa Arrupe. Como homenaje agradecido, hoy recordamos algunos de sus textos e inspiraciones.

En 1971, escribía: “El Evangelio es un evangelio de amor. Pero el amor exige la justicia. El Evangelio, por tanto, es un evangelio de justicia; Es la buena noticia anunciada a los pobres”. Entre otros aspectos, es necesario “concebir la acción de la justicia, ante todo, como una liberación que afecta a las estructuras y que requiere, evidentemente, cierta forma de compromiso político”.

Bajo el liderazgo de Arrupe, ya en el año 1975, la Congregación General 32 de los jesuitas emitió un decreto en el que definía la misión de la Compañía de Jesús “como el servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta”. Y se explicitaba que “la justicia evangélica es como un sacramento del amor y la misericordia de Dios”, que debe ser “una preocupación de toda nuestra vida y constituir una dimensión de todas nuestras tareas apostólicas”.

Así, el llamado “binomio fe-justicia” pasaba a ser el criterio
de discernimiento para la evaluación de los ministerios presentes y para la revisión de los nuevos. En 1978, Arrupe constataba que “la lucha por la fe y la justicia es sin duda uno de los mayores cambios que se están operando en la Compañía. En todas partes se están haciendo sinceros esfuerzos para que sea realidad. La lucha por la justicia lleva consigo la solidaridad con los pobres. A pesar de las dificultades que esta solidaridad pueda acarrear, es perceptible en la Compañía una creciente toma de parte a favor de los pobres y oprimidos coma y no son pocos los que desean participar realmente de la vida del pobre experimentando en sí mismos algo de la injusticia y la opresión”.

El jesuita Patxi Álvarez, en su libro “Servir a los pobres, promover la justicia”, ha definido a Arrupe como “un hombre perseverante, creativo y audaz”. De este libro (páginas 200-203) tomamos estos párrafos:

Con Arrupe, la promoción de la justicia ha dejado de ser una tarea de unos pocos jesuitas o un aspecto de la misión que se pudiera confiar a un sector apostólico. Ha pasado a ser incumbencia de todos: jesuitas, comunidades e instituciones. Todos ellos deben buscar el modo deresponder. Aquel impulso tan decidido fue lentamente transformando las mentalidades. la cultura y las prácticas. Desde entonces, la promoción de la justicia es una dimensión transversal de la misión de la Compañía, que al igual que la fe debe hacerse presente en todas las iniciativas de los jesuitas. Poco a poco, el rostro de la Compañía ha cambiado debido a ello.

En medio de los conflictos, el empeño de Arrupe fue espiritual, estaba arraigado en su escucha del Espíritu y en su atención constante a la realidad.
Tenía una profunda confianza en sus compañeros jesuitas y en la Compañía. Se fiaba. Aquello le dio fuerza y motivación para impulsar a la Compañía por un camino que vio desde el comienzo que estaba lleno de contradicciones y obstáculos. Los afrontó con el ánimo de quien se siente acompañado por Dios. Uno de sus legados a la Compañía consiste en la seguridad de que la promoción de la justicia y la opción por los pobres no son una ideología, sino una llamada desafiante de Dios a la Iglesia y a la Compañía. La justicia es cosa de Dios.

Arrupe alentó a muchos jesuitas a que se acercaran a los más pobres, a que aprendieran de ellos, incluso a que vivieran como ellos, si les fuera posible. Eso renovó la vida de muchos, introdujo nuevos estilos y formas de situarse ante la realidad, permitió ver el mundo desde abajo, como lo ven los pobres.
Transformó la fe de la Compañía haciéndola más tierna, más cercana al Crucificado, más esperanzada.

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