Por y para: Una escuela entre el plástico de Nijar

En un rincón de Níjar, cada martes y jueves nos dirigimos al asentamiento chabolista «El Hoyo». Allí, los profesores Joaqui, jesuita; María, religiosa de la Compañía de María; y Khadija, filóloga, junto a varios voluntarios, asisten a la escuela establecida por y para los habitantes de este asentamiento. No es solo un lugar para aprender castellano, sino también, para muchos, el único momento de convivencia en su día a día, un espacio de encuentro, compañía y apoyo mutuo. 

La escuela se desarrolla en dos aulas improvisadas, una de ellas con suelo y una columna central, y la otra en la cochera de un vecino que remueve su coche durante las clases. Las sillas de colores variados son cedidas por diferentes fuentes, y se utilizan focos con baterías para iluminar las lecciones. 

El Jesuita Daniel Izuzquiza, guía a los visitantes por las «calles» del asentamiento, explicando que la escuela comenzó hace un año cuando se presentaron al lugar y propusieron enseñar español a los residentes. La respuesta fue positiva y se corrió la voz sobre las clases que se imparten dos veces por semana. Desde octubre de 2023 hasta febrero de este año, aproximadamente 150 personas han participado en las clases. La demanda es alta y ya se está trabajando en la construcción de una tercera aula. 

Durante el recorrido, un vecino comenta que necesitan clavos para continuar la construcción.  se cruzan con otros residentes que saludan a Dani afectuosamente y se dirigen a la escuela después de largas jornadas de trabajo en los invernaderos. Al caer la noche, la única luz visible en el asentamiento es la de la escuela,

Uno de los mayores desafíos ha sido obtener certificados de empadronamiento, esenciales para acceder a servicios básicos. A pesar de los obstáculos burocráticos hemos  logrado empadronar a 50 personas con la ayuda de Javi, un abogado del Servicio Jesuita de Migrantes.

La escuela no solo ofrece clases de español, sino que también proporciona apoyo administrativo desde la «Ofifurgo», una furgoneta convertida en oficina. Aquí, los voluntarios ayudan a los migrantes con trámites de tarjetas sanitarias y certificados de empadronamiento, entre otros. A pesar de las largas jornadas en los invernaderos y las difíciles condiciones de vida, los migrantes acuden puntualmente a clase cada martes y jueves. 

Este proyecto educativo no solo les proporciona conocimientos, sino que también construye una comunidad más fuerte y resiliente, mostrando que, incluso en las circunstancias más adversas, la educación y la solidaridad pueden abrir caminos hacia un futuro mejor.

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